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Reportaje a Hilda Paz El conurbano gráfico
¿Cómo conociste el grabado? Lo conocí de chica en el Bellas Artes de Quilmes donde estaban los cursos infantiles. A los quince cuando empecé a cursar me enamoró la madera, como en mi casa no había mucha disponibilidad porque mi viejo era el único que laburaba y éramos dos a estudiar. Para comprar determinados materiales siempre había que elegir. Me acuerdo que compré mi primer gubia en lo de Esteban Adam, un viejo artesano que estaba en la calle Paraguay y hacía las mejores herramientas de grabado. Te daba a elegir el manguito según tu mano y todo. Después no tenía madera, entonces en mi casa había un ropero hecho de placas de terciada puestas una arriba de otra, yo con disimulo sacaba la primer capa y grababa. Por supuesto nadie decía nada, todos se hacían los que no sabían. Eran grabados enormes que tenía que imprimir a cuchara. Conocí a Leopoldo Fuschuber, un alemán que vivía primero en Bernal y después en Ranelan, era un viejo litógrafo que había venido después de la guerra con una Krausse de 1800, estudié con él litografía. A su vez mi hermano, que también es grabador, consiguió que alguien le hiciera una prensa. Pero ésta era chica y mis trabajos muy grandes, y yo aun no manejaba la relación entre los materiales y el tamaño del taco. Era hacer grabado con lo que había. En la escuela me llenaron de tantas leyes sobre la pintura que perdí esa cosa de pintar espontáneamente. Después empecé a perder contacto con la pintura por el grabado, aunque de grande las uní. En el último año tuve a Ludovico Pérez, quién era tan estricto que me di cuenta que no era eso lo que me interesaba, lo mío era una cosa mas pasional, una imagen desgarrada que me permitían los distintos tipos de madera que trabajaba. Ya mas grande conocí a Vigo y toda la cosa de incorporar los cartones, los papeles, recortar la madera.
¿Cómo lo conociste? En una muestra en el Museo de Telecomunicaciones de un grupo de “Artistas Convergentes”, éramos diez y estaba él con Graciela Gutiérrez Mars ¿?. El museo nos dio varios elementos para hacer una obra, una especie de instalación donde cada uno trabajaba. Yo conocía obra de Vigo, lo que hacía para las revistas como Diagonal Cero, se hablaba bastante de él en una especie de sub-mundo. Y a Graciela la conocía porque ella también daba clases en La Plata.
¿Así empezaste con el Arte Correo? Por esa época ya había gente que trabajaba en eso y me fuí enlazando ahí. Con Graciela coordinamos un periódico gráfico que se llamó “Hoja Hoje Hoy” y que se hacía en una imprentita de Berazategui. Contábamos con colaboradores que nos mandaban textos cortos y también escribíamos nosotras. Era una hoja grande en papel de diario que se plegaba en cuatro y lo mandábamos como impreso ya que en el correo no salía caro (como ahora). Cada uno nos hacía tacos originales y los montábamos a 7 mm para que diera en la máquina, además trabajábamos con los tipos de plomo. Hicimos cinco números en todo un año cada uno de 500 ejemplares, adentro venía un poster que confeccionábamos con los tacos sobrantes y todos los stiquers o sellos que recibíamos. También hicimos postales, tarjetas y diversas acciones. Era un delirio que nos llevaba muchísimo tiempo. En los años setenta, como acá estaba todo el quilombo del genocidio, uno participaba mandando afuera. Por ejemplo, Ruggiero Masci (¿?) en Italia, realizó una instalación en la que nos pedía a cada uno una obra de un metro en papel madera, podíamos mandar entre una y diez copias. Hicimos todo un compendio de siluetas y mandamos distintos sobres (porque en general te habrían las cartas) probando a distintos destinos a ver si llegaban, y uno llegó.
Era un riesgo… Sí, mi hermano, que estaba exiliado, mandaba las cartas y llegaban cortaditas y con un papel que decía “este sobre fue abierto”, de la misma manera le llegaban a él las mías, solo que mas pulcramente en una bolsita de nylon. Con las imágenes no había tanto problema, las mandabas en tubo y los tipos sacaban, miraban pero como lo hacían directamente en la Aduana, no entendían de qué se trataba. Así desarrollé el doble discurso, la poesía visual, que parece como palabras inconexas. En ese momento era usual trabajar con palabras cortadas, como para armar un cadáver exquisito para que cada uno al leerlas les diera la interpretación que quisiera. Las palabras perdían su peligrosidad al estar sueltas y se potenciaban al juntarse.
¿Tiene sentido el Arte Correo sin una convocatoria de tipo social? No siempre la necesita. Tenés de todo, desde la convocatoria española por la lactancia, que es “Mamá Teta”, hasta acontecimientos como “Paz por Haití” que se viene desarrollando desde hace un año. No son acontecimientos ligados perentorios, a lo mejor eso es lo que nos sucede a nosotros. También las hay eróticas o tontas como “El Pescado”. Cuando uno recibe un catálogo ve la amplitud de puntos de vista con que se aborda un tema. Es un mundo extrañísimo que siempre te está abriendo la cabeza. En el momento en que en el Arte Correo puede participar cualquier persona sin una conducta plástica determinada, sino que a lo mejor pega papelitos y gusta por mandar, lo que siempre te queda a vos es la posibilidad de elegir. No sabés a ciencia cierta a qué mandás, tendés un puente (que a veces se lo roba el cartero). Me ha pasado que el cartero se quede esperando a ver si abro el paquete frente a él a ver que trae, por el misterio. Una anécdota: con los acontecimientos del 20 de diciembre (que se sabe que dieron vuelta por todo el mundo) llega el chico en la bicicleta, toca timbre y me muestra algo a través del vidrio de la puerta. Al recibirlo trata de darme explicaciones de porqué no estaba embalado. Era una cacerolita con el código de barras y sus sellos correspondientes y en el interior un montón de onomatopeyas de golpes. Acá si intentás mandar algo así por correo no te dejan.
¿Cómo fue tu relación con el Centro de Arte de Quilmes? Estoy desde su fundación, pero ya no porque estoy un poco cansada de tanto trabajo, de todos modos no dejo de colaborar en las líneas generales. En su momento, los fundadores del Centro de Arte (uno es abogado y el otro ingeniero agrónomo) vinieron a hacerme un reportaje porque tenían la idea de sacar una revista o hacer algo. Consiguieron un lugar céntrico muy lindo para hacer exposiciones y empezaron a hacer algunas convocatorias generales, a contactarse con artistas y todo empezó como a crecer. Incluso en un momento di clases de grabado hasta que se pudo comprar una prensa. Después empezó a andar solo. Entre otras actividades hicimos una convocatoria sobre Hudson y otra sobre Borges en Arte Correo. Con todo el material gráfico que empezamos a recibir se creó el Centro Internacional de Estampas (nombre muy rimbombante) y tenemos todo el material clasificado, hay archivo de Ex-Libris, de Arte Correo y otro de objetos, además de una biblioteca armada sobre las donaciones principalmente de Sara Fascio (¿?) y la fotógrafa Grete Stern (¿?). Llegué a un momento en que trato de acotar al máximo las tareas de docencia para poder trabajar sino me transformo en un teórico, entonces a determinadas cosas tengo que renunciar porque si no hago grabado me pongo mal realmente.
¿Qué problemáticas te interesaron desarrollar en el grabado? Hice toda una serie sobre los durmientes de la realidad nacional, usando recortes de papeles más que nada. Tenía una sensación de que estabamos todos en una pesadilla y no podíamos salir. Después hice una serie de autorretratos y de objetos, sobre todo cuando perdí a mis viejos, que hacían a ese momento de la vida. Siempre me impresionó la cuestión de la memoria, trabajo siempre con eso. Me interesa la cuestión del retrato porque es descubrir lo que ya está. Uso dos lenguajes, una imagen evanescente en la pintura y en grabado una contundente, el discurso es el mismo porque siempre es lo que uno es. Hay determinadas cosas que las entendí la primera vez que pude viajar. Por ejemplo la letra del tango “Sur”, sur paredón y después el cielo… porque en Europa con sus calles medievales no se ve el cielo, solo fragmentos. Empezás a entender tu identidad tomando distancia, por eso me interesa manejar el espacio en el grabado, trabajar con materiales distintos tela, papeles, lo que tenga al alcance. Que no sea un impedimento para trabajar todo lo que a uno le pasa, se trabaja al límite y acá uno siempre va a vivir al límite. |